jueves, 3 de marzo de 2016

La visita inesperada o un sueño desmedido.

Un caballo de colosales dimensiones
y brillo retinto cegador
cruzó anoche la niebla helada
para acercar su frente de cuero y estrella
a mi frente sonámbula

Al amanecer busqué entre mis notas de náufrago
y ahora puedo afirmar sin duda
que nada semejante ha sucedido
en las casi diez mil noches
tras las que he despertado consciente de estar vivo.

Poca conclusión puedo sacar de este hecho
renegado orgulloso de cualquier teoría freudiana;
poco más que la agradable sensación
de haber dormido en el mundo de las criaturas
que crearon mitos (o viceversa).
Poco más, visto de otro modo,
que el agradable placer de sentir ilusión.
Ocurrió en medio de una luz extinta, pasada la media noche.
Yo dormía fuertemente en mi angosto habitáculo
-bártulos y gotelé en poco volumen-
cuando apareció a mis pies
precedida por su aliento de fuego
la descomunal bestia
al son de graves pasos y ecos lejanos.
Entonces mis ojos se ensancharon
y mi pecho acogió aquellos ecos
hasta resonar con ellos.
Creí morir en mi pánfila reacción de no respirar
pero antes, el leviatán o la deidad que me visitaba
me tranquilizó con sus pupilas de azufre
y posó su cráneo rocoso en mi regazo.
Sin saber aún cómo, mi mano fue pétalo vibrante
igual que una brizna de estaño entre la negrura
al buscar la dirección correcta de su pelo cortísimo
y mi entendimiento quedó embriagado
-absorto hasta el momento mismo en que escribo-
por el calor amable de un animal todopoderoso
que decidió una noche venir a soñar con los débiles.




En el tocadiscos:
Ron Carter  -  Willow weep for me

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