lunes, 19 de diciembre de 2011

Astillas.

Son recuerdos que fluyen rápido, como las corrientes que me arrastraban en aquel río de mi niñez. Fogonazos de Cowboy Bebop, en una persecución sin final. O quizá hacia ningún sitio. Espirales sacadas de un disco de Los Planetas. Y, de fondo, sombras tenues danzando en una suerte de ritual extraño. El contrabajo culmina cada puntada de un zurcido sin roto previo. Pero al final seguramente no haya nada. Si acaso un nuevo principio, peregrino e inmutable. La continuación de una huida absurda.

Me sucede a menudo esto del aprendizaje inverso. Algo así como los poemas sin rima que todavía me atormentan antes de cada despertar. Acompañado del pasajero oscuro que culmina el cuadro que no vestirá ninguna pared. Ese que, como mucho, arderá entre las astillas de la vergüenza.






En el tocadiscos:
John Coltrane - Persuance

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Donde hay montañas y cisnes.

He conocido un lugar
donde toda cosa es curva,
donde lo recto perturba
y lo típico es vulgar.
Allí es un placer dudar;
ver con ojos de perdido
lo que pierdes si no has sido
tan bueno como creyeron
los que no te conocieron
desvelando lo escondido.

He conocido un lugar
con puentes y trolebuses,
con frío para que abuses
de abrigarte y de abrazar.
Allí hay montañas y mar;
cisnes de cabezas gachas
que degüellan malas rachas
escuchando desvaríos
sean de otros, sean míos
o de mujeres borrachas.

He conocido un lugar
que no es un país ni es nada,
que no admite la jugada
de llegar ver y ganar.
Allí no existe el azar;
se derrocha la venganza
con el que viene sin panza
ni modales ni efectivo
a inclinar, sin ser nativo,
de su lado la balanza.







En el tocadiscos:
Patent Ochsner - Ludmila

martes, 13 de diciembre de 2011

Días del viejo Román (y III).

A las cinco y media se despide de los compañeros de juego. Vuelve a casa reflexionando sobre cosas sin importancia, intentando evitar pensar en su mujer. Una vez en su habitación, ya sólo ella ocupa su mente. Se asea con cuidado, abre el armario y escoge con detenimiento una de las corbatas lisas para ponerse con su traje. Se cala la boina de cuadros que compraron juntos el primer día que llegaron a la ciudad y va con aire decidido a ocupar su sitio en la parada de autobús.

Como cada día, a la hora exacta, está en la puerta de la residencia. Ella, como siempre, le recibe con sorpresa; no esperaba que viniera.

Se sientan frente a frente. Se miran, él con cariño, ella con extrañeza. Y conversan con un tono de obligación. Poco a poco los temas van fluyendo, sin mucho sentido, y, de repente, algo hace saltar la chispa del mal humor. "Otra vez te has olvidado de darme las camisas para que las planche. ¿Cuántas veces te tengo que decir que pareces un pordiosero con esas arrugas? Y dile a tu hijo que a ver cuándo se casa, que qué va a pensar la gente de nosotros". Aunque hace ya dos años que es su nuera la que plancha su ropa, y casi cuatro que fueron juntos a la boda, el viejo asiente: "Sí, no sé dónde tengo la cabeza. Y tranquila, creo que ya se han decidido, sólo les falta fijar la fecha". "Así me gusta, que las cosas sean como deben. Ah, y tenemos que ir pensando en comprar un nuevo congelador, que este ya no hace más que hielo".







En el tocadiscos:
Tom Waits - You can never hold back spring

martes, 6 de diciembre de 2011

La búsqueda.

Interpretar los posos de un progreso
traidor como los besos de cianuro
es intentar atravesar un muro
con mis excelencias de tentetieso.

Buscar con el ahínco del sabueso
los tuétanos que hilvanan el futuro
me pone cada ocaso en un apuro,
pero la aurora me descubre ileso.

Mas qué poco cuesta ser un cualquiera
a la hora de las hostias y los panes,
cuando el cura se sube la sotana.

Sobreviviré -o eso pretendiera-
sin bailarles el agua a los rufianes;
sin perder la ilusión en el mañana.







En el tocadiscos:
Max Roach - The Third Eye

sábado, 3 de diciembre de 2011

La mujer que entró en un bar.

Estaba acodado en el rincón de la barra de siempre cuando ella apareció. Acababa de pedir la última cerveza que podía pagar con los veinte euros que llevaba encima, pero no llegué a darle ni un sorbo. En aquel bar donde siempre estábamos los mismos y el camarero era lo suficientemente antipático como para que pagáramos lo que bebíamos, no se solía ver a una morena cuarentona con falda por encima de la rodilla, carmín y pestañas bañadas en rímel. No se solía ver a una mujer así que saltase a la vista que no era puta. Por eso, cuando entró, todas las miradas desembocaron en sus tacones y en su pinta de buscar algo fácil para esa noche.

Abandoné mi cerveza y me acerqué a ella con una erección imposible de disimular. La competencia en aquel tugurio era nula, teniendo en cuenta que sólo el camarero y yo éramos capaces de articular palabra. Sin mediar saludo le dije que ella no era de por allí. Que a quién o qué buscaba. Me agarró la entrepierna mientras pedía un Seagram's con tónica. Después acercó su boca a mi oreja y me susurró que había venido a follarme. Olía a una mezcla entre perfume caro y tabaco. Irremediablemente se me dibujó una sonrisa tonta en la cara; gesto que se esfumó cuando vi cómo introducía lentamente la mano libre en su bolso para sacar una micro-uzi.







En el tocadiscos:
Muse - Hysteria