vibrante como la cebolla,
como el tuétano de los juncos,
como los destellos dulcísimos de ginebra
que acaban y no acaban.
Mediodía que encoge ante nuestros ojos,
reunidos a mesa puesta, húmeda tú
y húmedos todos, llorando tu amor
que huele a ajo y puerro,
a plegaria, a ofrenda y penitencia.
Oremos.
Briznas metálicas nos impiden respirar,
paran el día si no nos movemos.
Santos de mármol, vacíos los vientres,
hechos de hambre áspera: de razón y sin razón.
¡Quietos!, este silencio nos pertenece.
En el tocadiscos: